Montaña Fest, un ritual entre el cielo y la gratitud [CRÓNICA]

Entre las montañas, entre el cielo, entre la gratitud. Montaña Fest se marcha por un tiempo, pero deja una marca importante en la vida de su público y en la mía, desde entender cómo la naturaleza y el universo está constantemente diciéndome cosas, hasta estar seguro de que productoras nuevas son capaces de brindar una experiencia de calidad única y completamente irrepetible. 

Montaña Fest reunió en su primera edición algo más que música: artesanía y cultura regional. La productora se encargó de crear un pequeño espacio de libertad entre las montañas, una experiencia de calidad sonora, visual y espiritual que de alguna manera sólo podía suceder en el Valle Sagrado, en Urubamba. 

Esta reseña se dirige también al público que en su variedad pudo sumarse al ritual con pasión y entrega, dejándose llevar por los sonidos de las montañas, cuidando y siendo parte del ambiente donde se encontraban. Gracias a todos los que sumaron su energía a que esto se haga real, tanto el público, como equipo técnico de sonido, seguridad, bartenders, limpieza y producción. La manera en que realizaron una labor colectiva fue un total engranaje digno de admirar. 

Es imposible no destacar la dirección de arte, un trabajo que cambió el ambiente, convirtiéndolo en un paisaje lleno de colores fosforescentes y estimulantes, mientras un enorme ojo te observaba en medio de la oscuridad. Los hongos que florecían del escenario tan solo intensificaban el viaje, y claro, el mensaje que esto tenía. 

Hay cosas en Montaña Fest que tan solo fueron mágicas, que tan solo no se pueden escribir, pero tal vez puedan recordar si estuviste ahí y para eso existe esta crónica, para no olvidar cómo un festival pudo sanar y dejar un mensaje lleno de amor.

 

Pre-maravilla

El cielo cusqueño, un aliado que sorprende. Aproximadamente a las 10:00 PM del 23 de septiembre, previo a las previas, el cielo asustaba con llover, y sin más, estalló. Los equipos se taparon, y la tensión se sintió. Un grito al cielo se escuchó por ahí: «¡Por quééééé!». Fue gracioso en el instante que sucedió, pues muchos, parte de la producción, nos habíamos reunido para hacer el soporte de energía a Los Espíritus, no energía eléctrica, claro, ellos llegaban esa noche para probar sonido. El susto pasó rápido y era momento de que los argentinos suban y, entre tom’s, snare’s y micrófonos apagados, la energía cambió, el cielo ya no goteaba más. Emprendíamos la partida al after luego de escuchar a Los Espíritus con entusiasmo por el día siguiente.

Los preparativos empezaban en el bar ‘Sweet Kate’, preparativos de corte “previas”, algunos de los artistas limeños ya habían llegado y estaban con toda la energía para subirse al escenario y soltarse unos gallos. Pochi Marambio fue uno de los más aclamados, quien junto a artistas de otras bandas tomó la guitarra y empezó a rasguñarla.

La noche era brillosa, emotiva, pero aun así se sentía el nerviosismo de toda la situación, no porque algo iba a salir mal, si no por todo lo contrario, todo estaba listo para el ritual perfecto entre las montañas. Así que con todo listo, era momento de decir gracias, mirar al frente y afrontar el calor de todo lo que sucederá. La gente empezó a irse, y otros necios quedaron, pero para que amanecerse cuándo al día siguiente ibas a necesitar toda la energía posible para enfrentarte al cielo urubambino.

La noche acababa y todo estaba listo para empezar al día siguiente. El día tan esperado por aproximadamente 400 personas estaba por empezar. Mientras salíamos del local, algunas llamadas se contestaban: “¿Llegaste a Uru?”, “¿Por donde estás?”, “Toma una moto”. “JAJAJAJA, NO JODAS”. Todo era energía en el público, expectativa, emoción y se reflejaba en todos lados: en redes, en las calles de Urubamba, en los chats con amigos, algo iba a suceder al día siguiente y se estaba empezando a cocinar en las manifestaciones del público.

El ahora

El día del festival la energía estallaba y el calor nutría nuestros ojos de una manera que decir gracias era sanador. 

Llegar al festival tenía sus etapas. Si llegabas en la tarde, ibas a encontrar un paisaje brillante lleno de eucaliptos, una cadena de montañas, una feria reluciente con prendas de artesanas, manualidades, máscaras, chocolate, joyas y más. El pasaje que te llevaba hacia el concierto era una pasarela de emprendimientos que sin duda iba a llamar tu atención. Mientras por el lado del escenario la vibra aún era diferente, el escenario Kay Pacha se comportaba aún como un espacio tribal, una tarima en medio de ramas que florecerían ante un escenario con troncos. El Uku Pacha por su lado tenía una intensión más refrescante; el ojo te miraba con ternura, era como si el cielo tuviera vista, como si tuviera cuerpo y voz. Por este lado del recinto los hongos sobre el escenario cumplían con su función: te invitaban a sumergirte en el viaje y fluir con los pies en la tierra, a hacerte uno con la naturaleza.

La feria era hermosa y variopinta, cada una de las feriantes tenían la identidad de Cuzco plasmada en la sangre, o al menos la que estaba empezando a crecer. Encontrabas en los feriantes una energía que irradiaba pasión, pasión por la naturaleza y por lo que montaña propone, una reunión de identidades y energías creativas y colectivas que contagiaba a cualquier interesado en sus creaciones, naciendo finalmente ese lazo en donde la creación termina en otras manos, en otro rumbo.

El show inició con la Comunidad Huilloq y la comunicación del viento a través de las montañas había empezado. En el escenario Uku Pacha, Mario Maywa transformó la energía; su sonido ensoñador iba creando una atmosfera de transición espiritual, el sonido ya iba atrayendo a muchos de los asistentes que tan solo merodeaban por el lugar. Mario resonaba la guitarra como un traductor del alma, pasando desde sonoridades melancólicas, a otras más inspiradoras que conectaban con las montañas. Mario Maywa destapó algunos cerebros, llevó a otro nivel sonoridades que teníamos ya configurado, mientras el ojo observaba de manera fija.

La Fankmilia calentó el día. El poder del funk se activó en el cerebro, iban llegando los colores, las luces y las emociones que destellan cuando el funk suena. Bailar de aquí para allá, sentir el cuerpo vivo y moverse es la premisa de La Fankmilia. Delante de ellos, un grupo de asistentes gritaban sus nombres, sus canciones; otros bailan, otros buscaban las redes de la banda, pero todos miraban, y eran observados por el gran ojo que detrás de la banda proyectaba “LA FANKMILIA”. 

En el escenario Kay Pacha, previo a su transformación por los colores y las luces destellantes, recibió a artistas que dejaron a más de uno sorprendido. Uno de ellos fue Francesco Bernasconi, quien con canciones sobre la vida, la Lima gris y el frío que a veces nos lastima nostálgicamente, emprendió un viaje que merodeaba entre los pasajes trillados de la vida. Los Residentes fueron otras de las sorpresas, un show que iniciaba con una canción huayno que volteó el rostro de las personas, para luego bañarnos con un show new wave y post punk de baile, brillo y nostalgia sobre los corazones rotos. Cerró el escenario con música instrumentada por el buen Chayo Chavez, el sonido roots y trival fue preciso para acompañar no solo el viaje del público, sino también al escenario mayor.

Super Simio y la fiesta eran uno. Para algunos era una banda nueva, y aun así estaban dentro de la fiesta. El sol aún brillaba con potencia, los colores en el escenario daban la bienvenida a muchos de los asistentes nuevos, el ritual y los nuevos colores que se iban formando en el mundo nos daba un buen mensaje. Bailar y más bailar.

La llegada de Pochi Marambio abrió el tercer ojo, pequeños humanos cantaban y bailaban en los hombros de sus padres, abrazando la vida, la felicidad y esa emoción con la que Pochi transmitía. Por eso bajó del escenario en algún momento, para abrazar a la gente y compartir ese calor que se había formado en el show. Para entonces, la tarde ya nos había consumido y todo el ambiente cambió, el ojo que nos observaba era más intenso, de colores más brillantes, y ahora el cielo claro había desaparecido, las estrellas formaban un nuevo rostro, la música también cambiaba y la intensión del ojo se iba a poniendo más personal para cada poderoso.

El inicio de Hit la Rosa abrió la exploración de la montaña, como dicen “Caminando me voy por la montaña”, y curiosamente fue así. Las montañas ya nos atrajeron a Urubamba y ya nos hizo aterrizar en Montaña Fest, ahora solo era necesario explorar. En el escenario Chaska brillaba, dejaba su cuerpo hablar y fluir con el sonido psicodélico y tripeante de la banda. Hit la Rosa tenía claro su destino: reventar a la planta, llevarla al nivel donde todo sea dejarse caer, donde haya un color por montón, distorsión y autoexploración, como dicen también en otra canción, algo que te haga llegar hasta las entrañas y eso fue lo que logró. 

Renzo Zong empezó a explorar aún más el ambiente, el escenario era algo súper importante a destacar, la pintura estallaba en las plantas, unas artistas bailaban con fuego haciendo que el viaje se intensificara. Algo empezaba a marear, algo dolía, pero quemaba en el corazón y nos enseñaba que la música a veces es así, poderosa.

Chintatá arrancó con una fiesta de pasos y cha cha chá, pero, aunque la gente moviera las caderas y el polvo reventara en sus rostros, algo se asomaba, una energía, un espíritu que estaba por llegar y sin duda, los cusqueños prepararon el terreno. Una unión de jolgorio de inicio a fin, abrazos, saltos y gritos salían de la boca del público, una cantera de jugueteo como se suele ver en las fiestas tradicionales.

Ruqyay Wayra empezó con el fin, la llegada del momento que iba a iluminar nuestras almas. La musicalización fue precisa, una combinación de sonoridades ambientales, minimales y electrónicas entraban en nuestro cerebro y lo reconfiguraban, algunos cuerpos tan solo fluían y otros detenidos buscaban llegar al punto donde la respuesta llegaba. Empezar con el viaje nuevamente fue importante para muchos y Ruqyay Wayra lo logró.

Los Espíritus

Podría decir que este fue el momento más fundamental, y aunque sin todos lo que rodeo al festival nada tendría el mismo valor. Llegar al punto donde el concierto empezaba, fue crucial, fue el momento de ver cómo se había hecho realidad, lo que tal vez empezó con un chat, o con una idea dentro de la mente en la producción, ahora estaba frente a sus ojos, sonando y siendo uno con la Montaña.

Los Espíritus fueron ese medio de conexión entre la tierra y nosotros, una lista precisa de canciones que iban repasando diferentes historias; desde aceptar que estamos rotos y necesitamos ayuda, lo humano de ser imperfecto y lo dulce de poder ser libre y agradecer.

El viaje desde el primer tema de la banda no terminaba. Entre baile y reflexión, la noche se iba calentando más y más, el tempo de las canciones aumentaba, bajaba, una montaña rusa de sonidos y emociones. Los argentinos disfrutaban de lo que sucedía, todo estaba bien y se notaba en la fuerza con la que tocaban, destruyendo el escenario con energía blanca.

El mensaje de la banda se entendía, en sus rostros sólo había felicidad y emoción por lo que sucedía y en el público muchísima gratitud, pues el viaje aún no terminaba. Pero el objetivo principal estaba sucediendo. Llegar al lugar era parte del viaje y atravesar cualquier situación para vivir lo que sucedía era igual de importante, la gratitud de cumplir con algo que anhelabas, eso era reforzado por Los Espíritus. “Destino” nos recordaba que siempre llegamos a algún lugar, o que siempre estamos viajando. 

El show de Los Espíritus fue impecable, el sonido tenía personalidad, todo retumbaba en los cuerpos, y el brillo de cada instrumento estaba ahí, aunque con esa sequedad que a veces el rocanrol nos da, lo sonoro era muy impecable y de igual manera cada artista sobre el escenario.

El ojo aún tenía mucho por ver y el cielo aún tanto por contar, pero la banda iba llegando a su fin, y cuando lo anunciaron el público logró robarle una canción más: el broche de oro que terminó en una lluvia de aplausos y gritos. Todo había terminado, pero dejado un enorme mensaje en nosotros, el viaje, la música, el destino y todo lo que nos llevó a lo que vivimos.

El después

Existir era lo único que quería al llegar a Lima. Montaña tenía un mensaje principal de todo esto, lo que fue su etiqueta durante toda la etapa de promoción: #EsTodoUnViaje y definitivamente fue así, cada situación vivida en Montaña Fest ha hecho que la naturaleza vuelva a conectar con el alma y empezar realmente el viaje donde realmente todo es parte de la vida. 

Al llegar a Lima tan solo quería volver.

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