La historia de La Mente suele contarse a partir de una fórmula sencilla. Ricardo Wiesse y Nicolás Duarte se juntaron en 2006, mezclaron rock, reggae, ska, cumbia y electrónica, inventaron el término “electropical” y empezaron a tocar. La cronología es cierta, pero deja fuera buena parte de lo interesante. Antes de La Mente, esos géneros ya formaban parte de las experiencias musicales de sus fundadores. Wiesse venía de Suda y Duarte de Cuchillazo, dos proyectos con lenguajes distintos dentro de la escena independiente. Cuando ambos comenzaron a trabajar en el Estudio Descabellado sobre canciones que habían quedado fuera de sus bandas, estaban poniendo en contacto recorridos que hasta entonces habían avanzado por separado. De ese cruce surgió la posibilidad de llevar aquellas ideas hacia otro territorio.
En el verano de 2006, esa nueva formación emprendió un viaje por tierra desde Lima hasta Tarapoto para tocar en la taberna Stonewasi. El trayecto tomó aproximadamente tres días y atravesó costa, sierra y selva. Lima desplazándose físicamente por el territorio peruano antes de regresar convertida en música. La imagen tiene algo de escena fundacional porque la propuesta de La Mente también partía de esa convivencia de geografías. Cumbia, reggae, ska, rock, electrónica y otros ritmos podían encontrarse dentro de una misma experiencia porque Lima llevaba décadas recibiendo músicas, costumbres y formas de entender la fiesta provenientes de distintas regiones. Stonewasi fue su primer escenario y aquella ruta terminó actuando como una primera experiencia concreta de la dimensión que podía alcanzar el proyecto.

La palabra “electropical” ayudó a ponerle nombre a esa mezcla, aunque nunca alcanzó para contenerla. El reggae y el dub aportaron el bajo, el espacio y la repetición; el ska y el punk, velocidad y actitud; la electrónica, secuencias, loops y otras formas de construir las canciones. La cumbia y la chicha aportaron una memoria vinculada a la migración, la fiesta popular y la transformación cultural de Lima. La mezcla tenía una raíz cultural antes que una fórmula estética. Eran músicas que habían desarrollado sus propios públicos y circuitos, muchas veces lejos de los centros tradicionales de legitimidad. La Mente las puso a conversar dentro de una ciudad acostumbrada a absorber influencias y devolverlas transformadas. El “electropical” terminó nombrando ese cruce, pero la historia detrás de la palabra era bastante más amplia.
La fiesta también construye una banda
Después de Tarapoto llegaron las Fiestas de La Mente y con ellas empezó a tomar forma una relación particular con el público. El concierto se convirtió en un encuentro recurrente donde escuchar las canciones convivía con bailar, encontrarse con otros seguidores y volver a compartir ese espacio en la siguiente fiesta. La banda comenzó a construir una experiencia que continuaba después de terminar el repertorio. En ese circuito apareció la Hermandad Hermostrina, un grupo de seguidores que durante años ha acompañado a La Mente en sus presentaciones y que terminó ocupando un lugar propio dentro de sus conciertos. Son los tripulantes de la pista, quienes empujan el baile, alimentan los pogos y mantienen en movimiento ese centro de gravedad que se forma frente al escenario. Existe incluso un ritual reconocible cuando una bandera gigante cubre al público durante los momentos más épicos del show. Las caras de la Hermandad han cambiado con los años, como también han cambiado las generaciones que llegan a los conciertos, pero su presencia permanece. Bailar en medio de la pista junto a ellos forma parte de la experiencia de ver a La Mente en vivo. Para mayo de 2007 ya habían recorrido escenarios y fiestas en Lima y otras ciudades antes de consolidar Electropical, su primer disco.
El crecimiento de La Mente ocurrió dentro de una escena que también estaba construyendo sus propias herramientas. Descabellado, alrededor del estudio y sello impulsado por músicos como Nicolás Duarte, Ricardo Wiesse y Santiago Pillado-Matheu, reunió proyectos de procedencias diversas como Cuchillazo, Suda, El Hombre Misterioso, Sabor y Control, Olaya Sound System, Moldes, Cimarrones, M.A.S.A.C.R.E. y Los Filipz. Grabación, edición discográfica, producción audiovisual, conciertos y circulación de artistas formaban parte de ese trabajo. También tuvieron una revista y organizaron el Festival Descabellado, ampliando esa actividad hacia otras expresiones de la cultura independiente. Para La Mente, crecer dentro de ese colectivo significó compartir recursos, conocimientos, espacios y públicos con músicos que estaban desarrollando sus propios caminos. La autogestión adquiría una dimensión concreta: grabar una canción también implicaba pensar quién podía producirla, dónde presentarla, cómo registrarla, cómo comunicarla y qué comunidad podía sostenerla.
Las Sesiones Descabelladas permiten ver esa red en acción. En 2014, La Mente registró “Conexiones” junto a Laurita Pacheco en el Estudio Descabellado. El arpa andina de Pacheco entró en diálogo con una banda que llevaba años trabajando entre la electrónica y la música tropical. En aquellas sesiones también participaron músicos vinculados a Bareto, Frágil, M.A.S.A.C.R.E., El Polen, Sabor y Control, Moldes y Las Amigas de Nadie. Rock, reggae, metal, música tropical y psicodelia podían compartir un mismo espacio de creación. La escena independiente limeña tenía sus propias fronteras, pero Descabellado ayudó a que esas fronteras fueran permeables. La Mente creció dentro de esa circulación y encontró allí parte de las condiciones que hicieron posible su propia identidad.
Bailar, pensar, organizarse
La dimensión política de La Mente aparece repartida por toda su discografía. Consumo, publicidad, televisión, dinero, contaminación, desigualdad, ciudad, identidad y alienación pasan por sus canciones atravesados por humor, ironía y cultura popular. Sonidos del Sistema: Electropical observó la vida cotidiana y sus mecanismos de entretenimiento. Para los muertos y los vivientes llevó esa mirada hacia la ciudad y la precariedad, con “Fuego de Mesa Redonda” como una representación directa de una tragedia marcada por informalidad, pobreza y abandono. En Millonarios del Alma, la crítica se dirigió hacia el consumo, el individualismo, la corrupción y la obsesión por acumular. La política podía aparecer mientras la gente bailaba. El cuerpo, la ciudad, aquello que consumimos, la manera en que construimos identidad y las formas en que nos organizamos terminaban formando parte de una misma conversación.
El nombre La Mente siempre tuvo algo de curioso e imponente. La banda rara vez se detuvo a explicar públicamente qué había detrás de esas dos palabras, pero su recorrido permite leerlas como una idea bastante precisa: música para alimentar la mente mientras el cuerpo se mueve. Conciencia, conexión, naturaleza, muerte, memoria, cuerpo y comunidad aparecen en canciones como “Conexiones”, “La Muerte”, “Cuida Tu Vida” y “El Indio de la Mente”, donde la dimensión espiritual y filosófica convive con la experiencia cotidiana. En ese sentido, bailar cumple una función que va más allá del entretenimiento. La Mente propone mover los pies mientras algo también se mueve en la cabeza, dejando preguntas sobre quiénes somos, cómo vivimos y qué relación construimos con aquello que nos rodea. La fiesta puede durar unas horas, pero las ideas que circulan dentro de ella pueden quedarse dando vueltas bastante más tiempo.
Los años mostros siguen
En 2009 llegó la primera presentación internacional, en Varadouro, Rio Branco, Brasil. A partir de entonces, La Mente comenzó a llevar su propuesta por distintas ciudades del Perú y escenarios de Latinoamérica, pasando por festivales, fiestas y espacios independientes donde su mezcla encontró públicos dispuestos a bailar con ella. En Argentina, su participación en el Festival Ciudad Emergente de Buenos Aires en 2015 marcó otro momento importante de esa expansión, mientras que sus presentaciones en Brasil, Chile y otros territorios fueron ampliando el mapa de una banda que había nacido en Lima. También llegaron escenarios compartidos con Cypress Hill, Calle 13, Molotov, Orishas, Matisyahu, The Wailers, The Smashing Pumpkins, Aterciopelados, entre otros. La trayectoria internacional fue creciendo junto a una relación muy particular con el público peruano, construida durante años en fiestas, festivales y espacios donde La Mente convirtió la pista de baile en uno de sus principales lugares de encuentro.
En 2020, la pandemia interrumpió esa trayectoria y La Mente dejó de tocar. El silencio alimentó la idea de que la banda había llegado a su final, pero durante esos años sus integrantes también estuvieron replanteando qué hacer con el proyecto y con la propia vida musical. El regreso a los escenarios llegó en 2024 con una formación renovada, en la que se incorporaron amigos musicales de siempre y aparecieron nuevas combinaciones dentro de una banda que conservaba su identidad, pero llegaba con otra perspectiva. Desde entonces, La Mente ha retomado con fuerza su actividad en los principales venues y festivales del país, mientras “Patrimonio”, producido por Manuel Garrido-Lecca, planteaba una pregunta que conecta con varias de las preocupaciones presentes en su obra, quién decide qué merece ser reconocido como patrimonio, quién tiene derecho a apropiarse de aquello que pertenece a una memoria colectiva y qué sucede cuando la cultura empieza a tratarse como propiedad o mercancía. La canción abrió una etapa en la que esas preguntas sobre identidad, cultura y poder volvieron a ocupar un lugar dentro de la banda.
Ahora, veinte años después de aquella primera presentación en Tarapoto, “Los Años Mostros” reunirá distintas etapas de la historia de La Mente este sábado 12 de septiembre en el C.C. Bianca de Barranco. Laura Pacheco, A.C.O, Pochi Marambio, Raquel Marambio, Alan Malcom, Telmo & Willow y Bay Rareto serán parte de una celebración que además tendrá una formación especial con vientos. Pero una historia de dos décadas también pertenece a quienes estuvieron frente al escenario, a quienes viajaron con la banda y a quienes fueron ocupando la pista con el paso de los años. La Hermandad Hermostrina estará nuevamente ahí, entre los cuerpos que bailan y bajo esa bandera gigante que, durante unos minutos, vuelve a cubrir al público entero. Y quizá sea esa imagen la que mejor explique lo que La Mente consiguió construir con el tiempo: una banda que sigue creciendo mientras sus canciones encuentran nuevas generaciones dispuestas a bailar dentro de ellas.

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