Un viaje sin drogas, en un Autobus a medias luces púrpuras [CRÓNICA]

Autobusito, Autobusito. No los conozco. Ni los conocía. Solo soy una extraña que fue a un concierto de una banda que le mostraron hace más de un mes.

Trabajo en la cocina de un restaurante donde salgo a las 10:30 pm. Desde que compré la entrada para un viernes, sabía que tenía que buscar la forma de asistir. Terminé haciendo un trato justo con mi compañero de trabajo. /.»El viernes saldré temprano y te dejaré solo. Tú sales temprano el viernes que viene»/. Valió la pena.

No necesité alcohol ni compañía para disfrutar la noche. La música era increíble por sí sola. Empecemos por ahí.

Quien me habló del concierto fue Renzo, y en cuanto supe compré la entrada. /«¿Comprarás la entrada de una banda que no conoces?»/. Sentí una emoción dentro de mi gritando: «¡SI!». Confiaba en Renzo y en lo que hacía. No me equivoqué. /«El covid jodió todo, ahora todos tienen que estar sentados en un concierto»/.

Llegué justo cuando anunciaron el comienzo del concierto. /»En momentos comenzará la segunda función, les recordamos por favor mantenerse con las mascarillas y en sus respectivos asientos»/, dijo la voz en off de una mujer en el altavoz.

Me acerqué a la fila para entrar. Renzo me reconoció y lo saludé con la mano. Medio a oscuras, con sus rizos y su mascarilla de colores, solo con el escritorio donde tenían las pulseras que hacían el papel de entrada, me devolvió el saludo con una sonrisa de ojos, iluminado bajo un foco amarillo.

/»En tu asiento encontraras el merch que viene con la entrada»/

El chico que ayudaba me colocó la pulsera, asegurando mi pase. Entré.

Y yo no veía. Así que me perdí un poco en un sitio con pocas mesas, todas llenas de gente. El ambiente estaba a medias luces, solo una tonalidad púrpura iluminaba la silueta de las personas y el resto del lugar. Era de dos pisos, como imitando un pequeño teatro.

Foto de Rohuss Emily

Recordé bien mi ubicación, y llegué a la mesa del centro a la derecha, frente a la banda. Había un par de bolsas de papel con un póster, un polo y una mascarilla. Un detallazo que venía con la entrada. A pesar de haber ido sola, el hecho de ser recibida, estar allí con mi merch y mi pulsera, no me hacia sentir ajena.
Llegué a ir a muchos conciertos y eventos en Venezuela, los disfruté todos. Mi círculo me conocía como una «groopie» por siempre estar si alguien se presentaba. Tenia 3 años sin ir a uno.

Claro que en esos 3 años nunca estuve en un trabajo donde pudiese hacer trueques anarquistas con mis compañeros. Si sentí que alguito se moría en mi por eso. Esto llegó en el momento justo, una entradita abierta, como buscando su oportunidad en mi vida.

¿Han escuchado la música de Autobús? ¿y por qué no? Vayan ahora a Spotify y escúchenlos. Lo que escuchen es mil veces mejor en vivo. El ensamble de sus instrumentos hacen una armonía preciosa. Cuando la escuchas en un medio digital puedes sentirlo. Si tienes buenos audífonos, más. En vivo es otro pedo.

El motivo de su composición logra su objetivo: retumba en tu corazón, estimula tu sistema nervioso, tu cabeza se llena de cada uno de los elementos; el pop, el rock, ese poquito de grunge que por alguna razón sentí y un funk escondido en el fondo de algunas canciones que no recuerdo haber escuchado en su versión digital.

Foto de Rohuss Emily

Después de media canción, la batería retumbaba con mi corazón y de ahí en adelante solo era yo, mi cuerpo relajado y mi mente enfocada en cada sonido que estimulaba el ambiente purpura y rosa; los integrante tan hypeados como uno. El vocalista, el bajista, el guitarrista, el tecladista, -tremendos- todos, ensimismados en lo que tocaban, bailando como podían. No era fingido. De verdad disfrutaban su propia música. Todos ellos bajo un circulo de acrílico que retenía la luz de diferentes colores como decoración.

En el segundo piso habían personas paradas y brincando, atrás de las mesas. El vocalista tenía una actitud genial, y personificaba a un rockero que le vale madres todo, menos su público. A las tres canciones se llegó con un vaso de whisky que dejó en el piso para empezar a bailar, y que en algún momento pateé sin querer.

Al comenzar la siguiente canción le dieron una cerveza Antes de Cristo. /»Miren, salgo en la etiqueta. Es un mono, como yo»/. Y empezó a bailar como mono. No, en serio. Empezó a bailar como mono el resto de la presentación y todos amamos ese segundo detallazo. Estaba bebiendo, supongo, por ser ya el segundo show. Seguía cantando increíble, pero no estaba ebrio. No lo conozco pero algo me dice que el es así.

Presumió el diseño del polo de la banda y el chico que estaba en mi mesa se levantó orgulloso al ser señalado. Solo disfrutaba su propia música a su manera, como nosotros. Las letras de Autobús son medio oníricas y hablan de algún mensaje social o personal desde el punto de vista de Piccini. O sea, son de puta madre. Ese mensaje lo vuelven sonido.

Lo quieres bailar mientras haces un headbanging al ritmo de ellos -que de hecho hacían un par de chicos en la parte izquierda del segundo piso- como si te poseyera un estilo que hicieron de ellos, antes de su época (Nota: ‘Máquina Destrucción’ tiene 11 años).

En algún momento Piccini habló de que uno de los amplificadores alquilados se dañó y lo iba a rifar. Todos nos reímos. Pero hablaba en serio.

Por ahí me paré al baño y divisé a Renzo con un amigo gritando las letras y saltando abrazados con toda la felicidad del mundo. No era de menos. Su mundo estaba volviendo.

A media función se subió Pelo Madeño, y todos comenzaron a gritar, simplemente se subió como un buen amigo de Piccini. Así de natural fue su presencia en el escenario. Bromeó un par de veces, detuvo el show antes de empezar para echar alcohol al micrófono y empezaron a cantar. A media canción, cuando llegó el puente del tema, se paró en frente de todos y nos echó alcohol, por seguridad nacional. Se bajó triunfador del escenario como todo un señor cool.

Foto de Rohuss Emily

Luego entraron Gabriel Arévalo y Diego Feliciano, un tipo que canta bien chévere y busco animar al público todo el rato. Potenció los ánimos que ya habían. Se prendía esa llama un poco más cuando decía el bien usado «¡A ver esas palmas!», por un momento me pareció gracioso porque ya veníamos aplaudiendo porque sí. Pero al animarmos se volvió un pequeño mar de aplausos.

Vi la hora: 10:00 pm. Sentí un pequeño vacío. No quería acabase. Ni me había dado cuenta que no me compre una chela por estar ensimismada. Comenzaron con temas nuevos de la banda, solo un par. Y Piccini ya anunciaba el término del concierto. Se veía cansado, pero feliz.

La camada de fans que había era preciosa. Todos disfrutaron el evento con una pureza muy linda. Se terminó y encendieron las luces, Los integrantes como es típico, empezaron a arreglar sus instrumentos.  Piccini bajó a saludar a quienes lo querían conocer o ya lo conocían, como buenos amigos. Felices de que la escena volvió.

Esas ansias de que el mundo musical presencial volviera se sintió todo el tiempo, pero más al ver el éxito de todo. No era una ansia que nada más pertenecía a los organizadores por su pasión hacia la movida, era una ansia que también sentimos en el público y como seguidores. Todos saludaban a la banda con esa felicidad melancólica exudada de «al fin, aquí estamos».

Me dirigí a la salida, me despedí de Renzo que tenía los ojos rojos de la felicidad, con un gran abrazo y un sincero «gracias, de verdad». Con mi bolsita con mi polo, un póster de indie.gestión, una mascarilla de Autobús, y mi brazalete con un diagrama para escanear en Spotify que te lleva a una playlist de buena música peruana independiente.

Nunca rifaron el amplificador.

Foto de Rohuss Emily

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