¡Todos a La Perla del Pacífico! El Festival Wankabeats revela su cartel 2026 en Guayaquil

Perú y Ecuador comparten frontera, pero sus escenas musicales alternativas han vivido durante demasiado tiempo como vecinos que apenas se visitan. La distancia, sin embargo, se ha ido acortando. Paola Navarrete, Da Pawn, La Máquina Camaleón, Estamos Perdidos o Swing Original Monks encontraron público en Perú, mientras Los Mirlos y Barrio Calavera llevaron sus repertorios a grandes escenarios ecuatorianos y proyectos como Autobus, La Zorra Zapata o Cementerio Inocentes consiguieron insertarse en circuitos independientes del país vecino. Detrás de esos cruces existe un trabajo paciente de músicos, gestores, productores y medios empeñados en tender puentes.

En ese mapa aparece Wankabeats, un festival nacido en Guayaquil en 2018 con una idea que hoy parece todavía más pertinente: reunir artistas de distintas procedencias y lenguajes alrededor de una audiencia dispuesta a escuchar sin demasiados prejuicios. Desde su primera edición, que juntó a Bomba Estéreo, Monsieur Periné, El Kuelgue y Nick Monaco con proyectos ecuatorianos, la diversidad fue planteada como parte de su identidad y no simplemente como una acumulación de nombres. Su curaduría fue creciendo alrededor de esa apertura, entendiendo la música latinoamericana por afinidades antes que por fronteras rígidas entre géneros.

Rock Achorao pudo comprobarlo de cerca en 2019, cuando viajamos desde Lima exclusivamente para cubrir su segunda edición. Encontramos una producción sólida, un público respetuoso y curioso y un cartel donde Rawayana y Los Amigos Invisibles podían convivir naturalmente con Bandalos Chinos y Esteman. El viaje también nos permitió acercarnos a Radio Cocoa, conocer músicos y reunirnos con agentes de la industria ecuatoriana como el equipo de PoliMusic. Aquella experiencia terminó revelando algo que excedía al propio festival. Viajar para escuchar música también puede ser una manera de entender una escena, generar vínculos y descubrir cuánto tienen en común dos países que todavía se conocen musicalmente menos de lo que deberían.

La historia posterior de Wankabeats reafirmó esa amplitud. Después de la pausa de la pandemia, su tercera edición reunió a Molotov, Rawayana, Vicente García y Simon Grossmann; en 2024 llevó el péndulo desde el reggae de Los Cafres hasta el hip hop de Trueno, pasando por el funk de Los Amigos Invisibles, la sensibilidad de Juan Pablo Vega, la electrónica de Bruno Borlone y la canción de Paola Navarrete. Más que defender la pureza de una escena, Wankabeats parece buscar los lugares donde escenas diferentes pueden encontrarse. Es una lectura muy contemporánea de cómo circula la música. Las plataformas y los algoritmos permiten que un mismo artista construya audiencias en Lima, Guayaquil, Bogotá o Buenos Aires incluso antes de visitar esas ciudades. El festival lleva esa conexión digital al terreno físico.

En 2026, Wankabeats vuelve el 7 de noviembre en Arena Park y esta vez dirige buena parte de su mirada hacia el Caribe y el reggae latinoamericano. Cultura Profética encabeza una edición que también recupera a Vicente García, cuya música ha hecho del diálogo entre canción, tradición dominicana y sonidos caribeños una marca personal. Cardellino ensancha el espectro hacia el pop, R&B, funk y sensibilidad urbana, mientras Chloé Silva, Andrés Zevallos y Biera completan un cartel que mantiene presencia ecuatoriana y evita encerrarse en una única etiqueta. Hay una dirección sonora reconocible, pero también suficiente libertad para desviarse de ella. Justamente allí reside buena parte de la personalidad que Wankabeats ha construido desde 2018.

Para el público peruano, quizá sea momento de ampliar el mapa de los viajes motivados por música. Miles de personas miran cada año hacia grandes citas como Lollapalooza o Estéreo Picnic, pero alrededor de ellas existe una red de festivales de escala más cercana que permite algo distinto, descubrir una ciudad a través de su música y entrar en contacto con la escena que la rodea. Guayaquil permite extender la experiencia hacia el Malecón 2000, Las Peñas, el Cerro Santa Ana, la Calle Panamá, el Museo Nacional del Cacao y una gastronomía costeña que merece formar parte del recorrido. Volver a Wankabeats siete años después significa entonces algo más que regresar a un festival. Es insistir en una ruta que Perú y Ecuador todavía tienen mucho por recorrer juntos. La música ya cruzó la frontera hace tiempo; quizá ahora nos corresponda a nosotros seguirla.