Entender a Candelabro requiere aceptar que la música funciona como un sistema biológico donde la estructura y el desborde conviven en un equilibrio precario. El septeto de Santiago de Chile es hoy la anomalía más fascinante de la región. Se alejaron de las fórmulas de consumo rápido para abrazar el nerd rock, una metodología que prioriza la precisión extrema, los arreglos de vientos y una narrativa de diario filosófico. Bajo el liderazgo de Matías Ávila y Javiera Donoso, la banda transitó del underground al centro de Armónica, la agencia que hoy los respalda junto a los nombres más influyentes de su país.
Su camino comenzó con Ahora o Nunca (2023), un debut que sacudió la escena chilena con un sonido de ensamble inusual para un grupo tan joven. Sin embargo, su maduración fue violenta. Deseo, Carne y Voluntad (2025) se presenta como un objeto de estudio donde cada track es una célula de un organismo mayor. La prensa internacional destaca su capacidad para articular la agresividad del post-punk con la delicadeza del art rock, trazando líneas que conectan la expansión de Sigur Rós con la teatralidad de Black Country, New Road. Es un trabajo que rehúye la complacencia y exige una escucha devota.
Esta propuesta encuentra combustible en un diálogo constante con la intelectualidad y la tradición. En sus composiciones habitan las sombras de Humberto Maturana, la aspereza de Elvira Hernández, la herencia sonora de la Nueva Canción Chilena y la trascendencia mística de Gabriela Mistral. Candelabro utiliza estos referentes para construir un discurso sobre la espiritualidad, la corporeidad y la cotidianidad. Esa profundidad se traduce en arreglos de saxofón y clarinete que rozan el jazz experimental, creando una textura orgánica que choca contra la limpieza artificial de la producción moderna.
A pesar de su complejidad, la banda mantiene los pies en el cemento. Sus letras están llenas de referencias al entorno del día a día; canciones como Pecado mencionan explícitamente la comuna de Estación Central, una imagen que ha sido reimaginada por escuchas de toda Latinoamérica. Sus seguidores peruanos también han hecho propia esa narrativa, proyectando que Dios podría estar perdido en alguna calle del centro de Lima o atrapado en alguna estación del Metropolitano en hora punta. Esa capacidad de volver universal lo local es lo que los vuelve una banda de culto inmediata.
El aterrizaje de la banda en Lima opera como una consecuencia lógica de la circulación de proyectos que redefinen el mapa del sur. La capital peruana, con su trayectoria de vanguardias subterráneas, es el escenario idóneo para que este septeto despliegue su liturgia. Existe una afinidad estética entre la bruma limeña y las estructuras de encierro que habitan en sus canciones. La gestión de este debut, a cargo de Parakeet y Almashow Entertainment, apuesta por proyectos que rompen los esquemas convencionales mediante una ejecución técnica que impacta y sorprende.
El próximo jueves 16 de abril, el Centro de Convenciones Leguía será el epicentro de esta descarga de voluntad. La presencia de la banda en nuestra ciudad recuerda que el rock en español mantiene la capacidad de ser ambicioso, culto y visceral en este nuevo escenario global. Las entradas ya están en Ticketmaster y todo indica que seremos testigos de un show que se comentará durante años, de esos que marcan un límite en la percepción de lo que una agrupación joven puede lograr. El C.C. Leguía nos espera para cerrar el círculo y dejarnos atravesar por el estruendo de un grupo que ha decidido no guardar silencio.
Repasa la discografía de Candelabro en Spotify:
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