El odio tiene una extraña capacidad para mantenernos cerca de aquello que nos ha hecho daño. Se instala en la memoria, alimenta las heridas y, a veces, termina convirtiéndose en un lugar conocido al que regresamos incluso cuando sabemos cuánto nos cuesta permanecer allí. Esa contradicción atraviesa La Comodidad del Odio, el primer álbum de Ati Lane, una obra que encuentra en las emociones más difíciles de admitir un territorio fértil para la composición. Sus siete canciones se acercan a la intimidad sin demasiados resguardos, con una escritura que expone fragilidades y pensamientos incómodos, mientras su música se encarga de darles formas inesperadas.
En los últimos años, Ati Lane ha ido ensanchando su lenguaje a través de distintas colaboraciones con artistas de la escena peruana, entre ellas Indigo, Santa García, Grita Lobos! y Pandabat. Ese intercambio también parece haber alimentado su curiosidad musical. La participación de La Lá en «El Tiempo» suma una sensibilidad particular a este nuevo capítulo: dos voces que se encuentran alrededor del perdón y la posibilidad de reconciliarse con aquello que permanece en nosotros. Producido por Aoki Gushiken, el álbum recoge esa maduración y deja ver a una compositora cada vez más interesada en explorar los recursos del pop desde lugares poco previsibles.
«No Miraré» y «Ausente», sus primeros adelantos, ofrecían dos pistas sobre el recorrido emocional del disco. La primera encontraba en los límites una forma de protegerse; la segunda llevaba la distancia y la autonomía hacia una descarga de jungle, drum and bass y hard techno. Escuchadas dentro del álbum, ambas adquieren otra profundidad: apartarse de aquello que duele y aprender a habitar la ausencia forman parte de un mismo proceso de reconocimiento. Ati Lane escribe desde esas pequeñas batallas interiores, sin convertirlas en moralejas ni ofrecer respuestas definitivas. Su sensibilidad está precisamente en dejar que las contradicciones respiren.
Musicalmente, el álbum disfruta de cambiar de piel. El trip hop de «Gun» acompaña una mirada vulnerable sobre la salud mental; «Infierno» encuentra en el rock una expresión para la envidia, mientras «Ausente» conserva su impulso electrónico y «María Llena» despliega cuerdas y voces en una atmósfera de solemnidad casi religiosa. Los sintetizadores conviven con guitarras, bajo, batería y arreglos orquestales, en una búsqueda que encuentra nuevos matices pop sin acomodarse en una fórmula. Ati Lane parece entender que cada emoción exige su propio paisaje y que una canción puede cambiar radicalmente de temperatura sin perder su centro.
Lo más atractivo de La Comodidad del Odio permanece en aquello que sus canciones dejan al descubierto. Ati Lane se permite hablar de la pérdida, el resentimiento, la fragilidad y el hartazgo desde una cercanía que vuelve reconocibles incluso sus pensamientos más personales. En ese ejercicio, el art pop adquiere una dimensión profundamente humana: la experimentación acompaña a la emoción, la electrónica puede convivir con el recogimiento y la belleza aparece en medio de sentimientos que rara vez queremos reconocer como propios. Su primer álbum deja la impresión de una artista que ha encontrado en la exploración una manera de conocerse mejor y que todavía tiene mucho terreno por recorrer. Escucharla implica aceptar esa invitación a mirar hacia adentro, incluso cuando lo que encontramos no resulta demasiado cómodo.
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