Raphael volverá a Lima este 3 de octubre para presentarse en el Anfiteatro del Parque de la Exposición, casi seis décadas después de aquella primera visita que inició una relación extraordinaria con el Perú. Miguel Rafael Martos Sánchez fue una de las primeras grandes estrellas españolas de alcance internacional y una figura decisiva para la expansión de la canción melódica en castellano. Su poderosa voz convivía con una manera de interpretar difícil de confundir. Raphael cantaba con todo el cuerpo, manejaba silencios y expresiones, dramatizaba las letras y construyó una personalidad escénica que rompía con la sobriedad habitual de muchos cantantes de su generación. Yo soy aquel, Digan lo que digan, Qué sabe nadie, Mi gran noche y Como yo te amo forman parte de un repertorio que durante los sesenta y setenta despertó un enorme fanatismo en España y Latinoamérica. En Perú aquella fascinación adquirió una dimensión especialmente íntima. Lo digo también desde una cercanía particular. Quien escribe estas líneas es hijo de una de las fundadoras del Club Raphaelista del Perú y creció escuchando historias, canciones y recuerdos de un artista español que, de alguna manera, siempre estuvo cerca de casa.
Cuando la raphaelmanía llegó al Perú
Raphael aterrizó en Lima por primera vez el 6 de abril de 1967, con 23 años y una carrera internacional que avanzaba a enorme velocidad. Llegó procedente de Argentina y fue invitado al restaurante Salón Chavín durante la inauguración del nuevo aeropuerto Jorge Chávez. Intentó cantar a capela, aunque el ruido de los aviones terminó imponiéndose, y durante aquella estadía grabó dos especiales para Canal 5. El impacto creció rápidamente. En 1968 el disc jockey Marcos Durand consiguió que Radio Santa Rosa le cediera una hora semanal para Raphael y sus canciones, programa dedicado íntegramente a su repertorio. Alrededor de aquel espacio se formó el Club Raphaelista del Perú – Toda una Vida, fundado el 18 de octubre de ese mismo año. Muchas integrantes eran adolescentes y acudían a las primeras reuniones acompañadas por sus madres. En sus mejores años, durante la década siguiente, el club llegó a superar los 200 socios.
Para 1972 su presencia había adquirido dimensiones difíciles de imaginar desde el consumo musical actual. Su llegada fue cubierta por la televisión, las admiradoras acudieron al aeropuerto y Radio La Crónica comenzó a emitir una radionovela que lo tenía de protagonista y utilizaba sus canciones. El club consiguió además su primer encuentro oficial con el cantante en el Hotel Bolívar. Pocos años después Raphael llevó esa popularidad al Coliseo Amauta, donde celebró sus primeros quince años de carrera frente a un recinto lleno cuya capacidad superaba las 20 mil personas. En 1987 regresó después de actuar en Viña del Mar y encadenó dos conciertos en el Teatro Municipal, una cena concierto en el Polo Club, otra presentación en el Amauta y la grabación de un especial para Canal 5. Raphael aparecía en discos, radio, televisión y escenarios mientras sus visitas al país se convertían en acontecimientos.
Perú también le dio una amistad fundamental en Chabuca Granda. Ambos se conocieron en México y volvieron a coincidir durante las visitas del español al país. En 1977, cuando Raphael llegó a Lima para presentar material de Recital Hispanoamericano, pidió que Chabuca estuviera presente en su conferencia de prensa. Su admiración quedó plasmada también en el repertorio. Tras la muerte de la compositora en 1983, Raphael grabó Chabuca limeña, escrita por Manuel Alejandro y Ana Magdalena en homenaje a ella. La canción recorre imágenes asociadas para siempre con su obra y menciona el puente, la alameda y aquella flor de la canela que terminó representando a Lima mucho más allá de nuestras fronteras. Raphael la incorporó a su repertorio y continuó cantándola frente al público peruano décadas después. La amistad entre ambos terminó colocando una pequeña parte de nuestra tradición musical dentro de la propia historia artística del español.
Las chicas que crecieron junto a Raphael
La historia del Club Raphaelista del Perú permite entender mejor la profundidad que alcanzó aquella relación. Fundado en 1968, Toda una Vida se acerca a seis décadas de actividad y mantiene hasta hoy reuniones, actividades y difusión de la obra del cantante. Sus integrantes viajaron a otros países para acompañarlo, organizaron encuentros durante sus visitas y sostuvieron durante años una correspondencia personal con él. Raphael les enviaba cartas y postales escritas de su puño y letra y, con el cambio de los tiempos, llegaron también los saludos grabados. La cercanía produjo episodios entrañables. En 1995, por ejemplo, Domi Perea consiguió permiso para cocinarle personalmente durante una visita a Lima porque el cantante seguía una dieta estricta. Detrás del ídolo que movilizaba multitudes fue apareciendo para ellas una persona con la que compartieron conversaciones, comidas y recuerdos durante buena parte de sus vidas.
Uno de los episodios más conmovedores llegó en 2003, cuando Raphael necesitó un trasplante de hígado. Al conocer su situación, Domi se comunicó con España y se ofreció para donarle parte del suyo. El cantante finalmente recibió un órgano asignado por el sistema español de trasplantes y la identidad de aquel donante permaneció protegida. La experiencia dejó una huella profunda entre sus seguidoras peruanas. El club terminó llevando esa preocupación al terreno social mediante Quiero Vivir, festival desarrollado durante varios años junto al Ministerio de Salud para promover la donación de órganos. El nombre procedía del libro publicado por Raphael después de su trasplante y el propio cantante envió mensajes desde España respaldando la iniciativa. Música, información y artistas invitados acompañaron distintas ediciones de una campaña que intentaba convertir una experiencia dolorosa en oportunidades de vida para otras personas.
El tiempo tampoco redujo sus visitas al país. En 2014 recorrió Trujillo, Piura, Lima, Arequipa y Cusco, acompañado durante parte de la ruta por integrantes del club. Algunas de aquellas muchachas que décadas atrás necesitaban permiso de sus madres para asistir a las reuniones pudieron recorrer el Perú siguiendo nuevamente a Raphael convertidas en mujeres adultas, madres y abuelas. Esa continuidad explica buena parte de la belleza de esta historia. El club terminó formando una comunidad que atravesó matrimonios, hijos, pérdidas y despedidas mientras mantenía viva la amistad nacida alrededor del mismo cantante.
De la radio y la televisión a nuevas generaciones
La permanencia de Raphael en el imaginario peruano también tiene otra explicación. Su repertorio nunca desapareció completamente de los medios masivos. Emisoras dedicadas al recuerdo como Radio Felicidad y La Inolvidable continuaron llevando sus canciones hacia hogares, taxis, mercados y oficinas mucho después de la época dorada de la balada. La televisión abrió posteriormente una ruta inesperada. Yo Soy convirtió la imitación de grandes artistas en entretenimiento familiar y Raphael volvió a aparecer frente a públicos nacidos décadas después de su primera visita. Alberto Ravines, quien comenzó a imitarlo desde muy joven y posteriormente hizo del personaje una carrera profesional, representa una generación. Josué Rivaldo pertenece a otra, mucho más joven, y también ha construido una trayectoria interpretando al español. Dos peruanos separados ampliamente por la edad pueden trabajar hoy representando al mismo artista que provocaba aglomeraciones en Lima durante los sesenta. Esa distancia generacional quizá explique mejor su vigencia que cualquier cifra.
Raphael regresará a Lima este 3 de octubre con su Raphaelísimo Tour 2026 para presentarse en el Anfiteatro del Parque de la Exposición. Volverá a una ciudad que lo recibió por primera vez cuando tenía 23 años y su historia americana recién comenzaba, y donde todavía lo esperan varias de las personas que estuvieron cerca desde aquellos días. Han pasado enfermedades, despedidas, cambios de época y buena parte de una vida, pero las cartas, los encuentros y las canciones dejaron una relación que sigue encontrando razones para continuar. Quizá por eso Raphael siempre vuelve al Perú. Y quizá por eso, después de casi seis décadas, el Perú todavía lo espera.
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