Existe una hora precisa, después de la medianoche, cuando el cansancio se mezcla con la euforia y el impulso de salir en busca de algo, quizás un amor improbable o una distracción que mitigue una herida interna. Esa es la atmósfera que Turbopótamos captura en su nuevo sencillo «La Llaga». Este lanzamiento es el tercer avance de su próximo trabajo de estudio y marca un punto de inflexión sonoro. La banda se despoja de las dinámicas rápidas que la caracterizaron para explorar terrenos más texturizados, navegando con maestría hacia las aguas del rock psicodélico y la música disco de los años setenta. Es una invitación directa a sumergirse en una experiencia sensorial que es a la vez eufórica e íntima.
La canción se desarrolla en tres actos musicales, narrando la alocada noche que transcurre en la capital peruana. Campodónico, compositor de la pieza, comenta que su inspiración está anclada en la intensa vida nocturna de los barrios de Lima. La letra te lleva de la mano a través de una fiesta que pronto se transforma en una inmersión introspectiva. Es la confrontación del lado autodestructivo. La canción describe el intento de evitar la realidad, buscando refugio en la euforia para postergar el enfrentamiento con las cicatrices emocionales. El tema es una crónica de la desorientación, el júbilo pasajero y el vacío que a menudo sigue al exceso.
Turbopótamos inició su camino en el rock peruano al comienzo del milenio. El proyecto se consolidó en la escena alternativa de Lima gracias a su aproximación original al skabilly, una fusión efervescente de ska y rockabilly. Su música se convirtió en el soundtrack perfecto para las contraculturales, dejando clásicos como «Ultra Beba» y «Ratón Matón» que siguen siendo referentes. Esta banda ha mantenido un perfil destacado, llegando a compartir escenario con nombres de peso como Oasis, R.E.M. y Linkin Park. La calidad de su propuesta artística ha sido constante a lo largo de su trayectoria.
La pieza se luce gracias a una instrumentación rica y una mezcla de épocas. Las guitarras suenan con ese calor característico de los años setenta, complementadas con coros que tienen la fuerza de un himno. La participación de Henry Ueunten (Amén) en los teclados y las texturas vocales de Kathe Jiménez, que ofrecen una reminiscencia al techno de los noventa, añaden capas sorprendentes de modernidad. Este sonido audaz se logró con un proceso de producción riguroso. Grabada entre Lima y Madrid, la canción utiliza instrumentos antiguos y equipos analógicos. Su base se construyó a partir de una toma tocada en vivo, sin metrónomos o correcciones digitales, para conseguir la fuerza orgánica que transforma el rock clásico en una experiencia sensorial que conecta directamente con la vida del oyente actual.
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