Marié Cherry lleva años haciendo del deseo una parte esencial de su lenguaje. Ha cantado sobre sexo, poder, prejuicios y libertad desde una feminidad que nunca intenta rebajarse para resultar más cómoda. “333”, tercer adelanto de su próximo álbum Casi Famosa, conserva esa actitud aunque cambia ligeramente el punto de partida. Esta vez Marié quiere permitirse el amor sin interpretarlo como una renuncia a sus propias ambiciones. La mujer que durante tanto tiempo aprendió a perseguir lo suyo descubre que también puede abrir espacio para alguien más.
Su llegada a la cumbia tampoco sorprende demasiado en una carrera acostumbrada al movimiento. Marié comenzó a publicar música a inicios de la década pasada y desde entonces ha pasado por el pop, funk, R&B, rock, dembow y rap, además de acercarse a la electrónica y los sonidos urbanos. Esa versatilidad le permitió encontrar públicos distintos y llegar temprano a escenarios importantes. Abrió conciertos en Lima para Ha*Ash y Luis Fonsi, acompañó a King Lotus como acto de apertura de Justin Bieber en 2017 y años después fue parte del show de 5 Seconds of Summer en el Estadio Nacional. Más que aferrarse a una fórmula, su continuidad está en una personalidad que permanece reconocible aun cuando cambia el sonido.
“333” confirma esa facilidad para desplazarse. La canción recoge elementos de la cumbia tex-mex y los cruza con baterías procesadas, sintetizadores y texturas electrónicas que conservan su identidad pop. Sus 3 minutos y 33 segundos terminaron además dándole sentido al concepto. Marié interpreta la coincidencia como una señal para reconciliar dos impulsos que durante mucho tiempo creyó incompatibles, perseguir sus sueños y dejarse amar. La imagen de la vaquera que lanza el lazo y atrapa aquello que desea resulta especialmente coherente con una artista que ha hecho de la iniciativa femenina una constante en sus canciones.
“333” también recuerda por qué Marié ocupa un espacio poco habitual en la música peruana. En una escena donde buena parte de los lugares de poder y visibilidad continúan ocupados por hombres, ella ha construido su personaje desde códigos asociados abiertamente con la feminidad, el brillo, la sensualidad, la belleza, el erotismo y el exceso pop. Nunca ha necesitado desprenderse de ellos para reclamar autoridad artística. Su irreverencia está precisamente ahí, en mostrarse sexy porque quiere, hablar del deseo desde su propia perspectiva y asumir el papel de diva pop en un país que suele mirar con mayor severidad a las mujeres que disfrutan ser vistas. “333” amplía esa libertad y le permite quererlo todo sin pedir disculpas por ello. Amor, placer, ambición y una carrera propia pueden convivir en la misma mujer.
Ahora, guarda silencio y baila.
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