Asia Menor encuentra un lenguaje propio para el desconcierto en ‘Vaho’, su segundo disco

Asia Menor pertenece a esa generación de proyectos que consiguió que el rock chileno volviera a sentirse impredecible. Desde Temuco, Jorge Scheuermann, Diego Seguel, Aníbal Vergara y Cristóbal Mora encontraron en Enola Gay una manera propia de hablar sobre ansiedad, desequilibrio y extrañeza, apoyándose en guitarras angulares, ritmos quebrados y una escritura capaz de decir mucho sin explicarlo todo. Su alcance creció con rapidez y terminó desbordando las fronteras chilenas. Tres años después de aquel debut, Vaho encuentra al cuarteto con más oficio y una audiencia latinoamericana pendiente de sus movimientos. Lima fue una prueba concreta de ese crecimiento, con un debut a sala llena y un público que cantó junto a ellos durante una noche donde las composiciones de Enola Gay demostraron cuánto habían viajado.

El encanto de Asia Menor siempre estuvo en esa combinación extraña entre dificultad y cercanía. Sus composiciones pueden exigir atención por sus cambios métricos y estructuras poco convencionales, mientras las letras aterrizan en conflictos reconocibles. Enola Gay tenía también una torpeza fértil. La propia agrupación recuerda aquel trabajo como parte de un aprendizaje, cuando sus composiciones todavía excedían la destreza que tenían para tocarlas. Vaho nace después de años de escenarios y ensayos, cuando esa imperfección ya no puede sostener por sí misma la densidad de las piezas. El desafío pasa entonces por fabricar esa sensación mediante repetición, volumen, improvisación y asociaciones libres. El nuevo álbum conserva el ADN de Asia Menor, pero desplaza el centro de gravedad hacia terrenos más abstractos, espesos y pacientes.

La pregunta que atraviesa Vaho parece sencilla y termina abriendo un agujero bastante más grande. ¿Qué hacemos cuando sabemos que algo está mal, pero ni siquiera conseguimos nombrar aquello que necesita solución? Los personajes del álbum tantean respuestas absurdas, postergan decisiones, apuestan, borran recuerdos o prefieren continuar como si el conflicto pudiera desaparecer por agotamiento. Esa incapacidad para hacerse cargo de lo que ocurre adquiere una lectura especialmente cercana en Latinoamérica, donde la postergación, el tabú y la costumbre de convivir con problemas enquistados forman parte de la vida cotidiana. Asia Menor encuentra ahí una materia potente para escribir. Vaho habla de esa dificultad sin convertirla en discurso explicativo y deja que el desconcierto también aparezca en la estructura de las piezas.

Musicalmente, el álbum lleva más lejos las ideas que ya estaban germinando en Enola Gay. El art punk sigue presente, pero ahora comparte espacio con pasajes de mayor duración, repeticiones insistentes, sintetizadores y momentos en los que la distorsión adquiere una dimensión casi física. La agrupación ha mencionado a Swans al hablar de esta etapa, una referencia que ayuda a entender esa búsqueda de densidad a través de la insistencia y la acumulación. “Vi al diablo” ocupa un lugar particular dentro del repertorio porque conserva una conexión reconocible con el trabajo anterior, mientras “Metal” introduce una pausa extraña y contenida. En los dos últimos temas aparece Narval Orquesta con saxofones, cello, contrabajo y violín, ampliando el campo de acción sin disfrazar la identidad del cuarteto. “Calor”, con sus doce minutos, termina llevando esa lógica hasta una extensión donde la composición deja de depender de una resolución inmediata.

Ese crecimiento ayuda a entender por qué Asia Menor ocupa un lugar particular dentro de la nueva escena chilena. Su importancia también está ligada a lo que ocurrió alrededor de ellos. El reconocimiento de Enola Gay ayudó a poner a Temuco en el radar de una audiencia más amplia y coincidió con la aparición de nuevos proyectos provenientes de esa ciudad, mientras los propios integrantes han preferido entender su lugar dentro de una generación antes que atribuirse una paternidad sobre ella. Vaho profundiza esa posición desde otro ángulo. El cuarteto ya conoce el escenario, sabe que sus composiciones pueden viajar y acaba de comprobarlo en Perú, Colombia y México. Aun así, conserva esa necesidad inicial de hacer música bajo sus propias reglas. Quizá por eso el título termina resultando tan preciso. El vaho aparece cuando algo está demasiado cerca del cuerpo y vuelve difícil distinguir qué tenemos delante. Asia Menor acaba de convertir esa falta de claridad en materia para seguir avanzando, incluso cuando todavía nadie sabe exactamente qué conflicto está intentando resolver.