Carlos Compson transita por la conciencia, la muerte y la transformación en ‘Levita Mortis’

 

Escuchar a Carlos Compson siempre deja la impresión de que detrás de sus canciones existe una conversación mucho más larga. Sus letras suelen abrir puertas hacia asuntos que rara vez ocupan el centro de la música popular, como conciencia, espiritualidad, esoterismo, muerte, percepción e identidad. No son temas que haya descubierto ahora ni recursos decorativos para construir una estética oscura. Forman parte de su lenguaje desde sus primeros años en la escena subterránea limeña de los ochenta, cuando ya transitaba por proyectos vinculados al post-punk y la música oscura. Más de tres décadas después, Levita Mortis vuelve a ese territorio con la perspectiva de alguien que lleva buena parte de su vida pensando y creando alrededor de estas ideas.

El asunto de la muerte puede parecer una salida predecible cuando hablamos de música dark, pero Compson siempre ha tenido una relación más reflexiva con ella. En Levita Mortis vuelve a aparecer, aunque desplazada de su sentido más evidente. La muerte representa una transformación, una mudanza de estado, una ruptura de la forma conocida. El disco imagina la posibilidad de que una misma existencia pueda atravesar distintos planos y manifestarse bajo otras condiciones físicas, mentales o espirituales. Ahí aparece una de las ideas más interesantes del álbum, cambiar no necesariamente significa dejar de ser. La identidad persiste mientras el cuerpo, la percepción, el escenario y hasta la realidad pueden modificarse. Compson deja la puerta abierta para que esa transformación pueda leerse desde lo espiritual, lo psicológico o incluso desde una dimensión más metafísica, sin imponer una respuesta.

Musicalmente, el disco encuentra una combinación particularmente atractiva entre esa densidad conceptual y una sonoridad mucho más terrenal. Las guitarras remiten al indie rock y al garage de los dosmiles, con ese carácter directo que hizo posible imaginar a una banda como Interpol o Editors compartiendo cartel con Compson en aquella época, pero atravesadas por su sensibilidad oscura. Esa mezcla evita que el concepto termine convertido en un ejercicio solemne. Las canciones tienen cuerpo, riffs, capas y movimiento, mientras las letras trabajan en otro nivel, como si debajo de una estructura de rock reconocible existiera una segunda conversación esperando ser descifrada. La escucha inicial puede quedarse con las guitarras, los ritmos y las atmósferas, pero una atención mayor permite descubrir referencias, imágenes y preguntas que amplían el sentido de las canciones. Esa doble lectura le da al álbum una profundidad que aparece progresivamente.

Levita Mortis también resulta interesante dentro de la propia trayectoria de Carlos porque evidencia una evolución que no depende de abandonar aquello que lo identifica. Después de Espuria, el músico lleva su búsqueda hacia una obra todavía más concentrada alrededor de la conciencia, la transformación y los distintos estados de existencia. Todo esto ocurre mientras mantiene una dinámica de trabajo bastante particular. Aunque su presencia en los escenarios limeños no sea constante, continúa componiendo, grabando y produciendo de manera incansable, dejando que las canciones atraviesen su propio proceso de maduración antes de convertirse en nuevos lanzamientos. En paralelo, mantiene una conexión permanente con circuitos y gestores internacionales. Sus recorridos por México ya forman parte importante de esta etapa y una tercera gira por ese país está en camino. El proyecto también prepara su llegada al formato físico con una edición en vinilo que próximamente estará disponible en discotiendas.

Quizá por eso Levita Mortis adquiere otra dimensión cuando se escucha como parte de una historia larga y no como un simple nuevo lanzamiento. La oscuridad ha acompañado a Carlos Compson desde mucho antes de que el término post-punk volviera a ganar espacio en las conversaciones musicales. Lo que ha cambiado son las formas que encuentra para expresarla. En este álbum, la muerte deja de ser una imagen fija y se convierte en movimiento; la identidad deja de depender de un cuerpo único; la realidad puede fracturarse y reconstruirse sin que necesariamente desaparezca aquello que somos. Compson sigue buscando respuestas en lugares poco transitados por el rock peruano y, sobre todo, sigue formulando preguntas que están un escalón por encima de la conversación habitual. Esa puede ser una de las constantes más valiosas de su obra, utilizar la oscuridad como territorio para pensar la existencia, la conciencia y aquello que permanece mientras todo lo demás cambia.