Textos: Umberto Pérez
Dos horas largas después de iniciado el concierto de cierre de la etapa colombiana de su gira Sale el sol, que previamente pasó por Cali, Manizales y Medellín, Fito Páez reparó con gratitud en la lealtad y el cariño del público bogotano que, como bien lo mentó el artista rosarino, lo ha acompañado disco tras disco desde que visitara esta ciudad por primera vez en ese lejanísimo marzo de 1995 cuando vino a presentar Circo Beat. Desde entonces, a barlovento o a sotavento el público de la capital colombiana ha acudido a cada uno de sus llamados para atiborrar recintos acogedores, de mediana capacidad y coliseos enormes.

Fotografía @andreswolf
Pasadas las 9:30 de la noche, Páez y su banda tomaron posesión del escenario del Movistar Arena que ha sabido hacer suyo desde 2008 cuando aterrizara en compañía de los Killer Burritos en el que entonces se llamaba Coliseo Cubierto El Campín. Como en aquella ocasión, el repertorio del viernes 12 de junio medió entre los clásicos inoxidables y gemas ocultas que resplandecen por cuenta propia a lo largo de una discografía que ya suma treinta álbumes de estudio.
Después de anunciar una jornada larga y solicitar la dosificación de energía por tal motivo, Fito encendió la noche con “Cadáver exquisito” y “Es sólo una cuestión de actitud”, apostando por el asombro y la marginalidad de su repertorio y, con ello, desajustar la comodidad de un público presto para el videoselfie desde el primer minuto.

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Ese momento llegaría, por supuesto, pero el primer bloque del concierto fue, digamos, para los más fieles seguidores de la obra completa de Páez quien estrenó “Shine”, endulzó a la tribuna con “11 y 6” y trajo de vuelta remozadas versiones de “Tráfico por Katmandú”, “Lejos en Berlín” y el estreno en Bogotá, 26 años después de su lanzamiento, de “Paranoica Fierita suite” con sus respectivas secciones rockera, milonguera y antillana. Un nuevo recuerdo inolvidable. Justo antes cantó “Lo que el viento nunca se llevó” y quien esto escribe (que había aguardado treinta años para escuchar a viva voz de su autor el epílogo de Circo Beat, y en 2025 se quedó esperando la estancia colombiana del tour PAEZ4030 que celebró los álbumes Del 63 y Circo Beat) se sintió gratificado como a quien le ha sido saldada una vieja deuda.

Fotografías @andreswolf
Al set acústico y unplugged integrado por “La canción de las bestias”, “Un vestido y un amor”, “Buena estrella” e “Y dale alegría a mi corazón”, le siguió una descarga de hits para el placer de las cerca de 14.000 almas presentes. Entre la embriaguez que generaron “El amor después del amor”, “Tumbas de la gloria”, “La rueda mágica”, “Brillante sobre el mic” y “A rodar mi vida”, dos momentos detuvieron el tiempo y convirtieron el coliseo en una sala para música de cámara: el cierre instrumental de “Yo vengo a ofrecer mi corazón” y la apertura, instrumental también, de “Ciudad de pobres corazones” con guiños a la Marcha fúnebre de Chopin. De espaldas al público, como lo hiciera también en “Lejos de Berlín”, Páez dirigió a su pequeña orquesta de salón envolviendo el espacio de una solemnidad recibida con atención y respeto. Cuando fue ovacionado a comienzos del show, el argentino fue claro al decir que no se regodeaba en aplausos, que no los buscaba; cuando exigió escucha en los apartados orquestales fue enfático en precisar que como artista necesitaba del silencio; al final, el murmullo fue conjurado con júbilo entre el artista y la masa.

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La filigrana que se permite Fito en vivo es posible gracias al ensamblaje trabajado que propician Las Fuerzas Armadas del Amor, como ha llamado a su banda con la que integra un noneto en compañía de ya viejos escuderos como Diego Olivero (bajo, guitarra, teclado y coros), Gastón Baremberg (batería) y Juan Absatz (voz, teclados, guitarra y coros); el trío de vientos conformado por Ervin Stutz (trompeta y flugelhorn), Alejo von der Pahlen (saxo alto y tenor) y el recién ingresado Santiago Benítez (trombón); y la presencia destacada del talento joven de Juani Agüero (guitarras y coros) y Emme Vitale (voz y coros).

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El bis de cierre fue locura total por cuenta de “Sale el sol” (un sencillo del álbum Novela), la imperecedera “Mariposa tecknicolor” y un último bis optimista enmarcado en “Dar es dar” y “Buena estrella”.
Unos días antes de su concierto en Bogotá, Fito Páez escribió en sus redes sociales: “Siempre me molestó la idea del público. Una palabra fría y distante. Las ciudades son las personas”. También se podría decir que los conciertos son las personas, incluso si uno está solo alguna canción le devuelve el rostro de alguien en la memoria. Entonces, también, las canciones son las personas. Igual que la primera vez que acudí a una cita con Fito Páez en 1997, e igual que las demás ocasiones, mi decimonovena cita con el rosarino fue otra estimulante y poderosa recarga emocional gracias a las personas, las que me acompañaban en el coliseo y las que venían a mi memoria canción sobre canción. Al final, las caras de Andrés, Ana María y Mariel irradiaban pura dicha, y la mía era un reflejo de las suyas. Las endorfinas del amor, seguro.

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